ESCENA I (LA SENDA)
Dejé la formalidad y la cortesía con los desengaños y
agravios de la vida, abandoné aquella elegancia de maneras finas, me olvidé de
las respetuosas venias y la fanfarronería caballeresca que la inocencia del
pasado planto en la tierra, que hoy seca, recuerda ante la marchita
incredulidad, el florecido fruto de una esperanza, que como siempre, no fue ni
será. Hay una metamorfosis que
enfrentamos, inherente al tiempo y a los acontecimientos que éste arrastra
consigo, al cambio que nos condena a la ignorancia total del propio ser, a
simplemente tener que lidiar con uno mismo en esta insignificante eternidad de
unos ecos inaudibles y absurdos, que el mismo Dios en su delirante sueño ya se
cansó de escuchar.
Hay un tipo en alguna calle del centro, camina abotagado con
una bolsa en la mano, sus pasos son decididos, pero su dorso encorvado,
contradice neciamente la firmeza de su talante. Mira al suelo y esquiva los
transeúntes con una destreza que alimentó caminando sin tregua las mismas
calles. Se encuentra todavía muy lejos del destino que aun así presiente y que
trata de evitar poniendo empeño en su marcha, hay un trecho vasto que lo separa
de la melancolía, pero él apresura el paso, su huida lo conduce hacia la
fatalidad que teme. Es un caballero, de armadura mohína, de espada sin filo, de
yelmo opaco, que en la oscuridad de su interior deja ver el brillo de un par de
ojos llenos de vida.
Hay principios a los cuales renuncié mientras fenecía, y el
ser que solía ser, despreció profundamente en el osario inmundo donde reposa el
pasado y yacen mis restos amarillentos, aquel que brota de entre el asqueroso
vaho, cobrando vida justamente desde la muerte, iniciando precisamente desde el
fin. Y me odio, me odio como se odia al traidor, vuelvo la mirada y no
reconozco a nadie, me veo colgado de un árbol, rendido ante el remordimiento y
la angustia por transigir los principios y los valores que hieden su apestoso
olvido desde el fondo del nicho. Me veo en llamas, agobiado por las palabras,
por los silencios, por el indeciso fuego que cubre mis sueños de hollín y
grasa, por mis ojos erráticos, de Eróstratro sufriente, muriendo acorde a su
ley.
Un hombre camina de la mano de una dama, por un sendero
delineado en medio del tierno pasto, atraviesan un parque, sumergido en los
brazos del estío, ríen y hacen promesas, y sus palabras danzan con un viento
que las sedujo y las hurtó de sus labios, escapándose de allí, para acariciar
las dulces montañas que no hicieron caso de sus necios rumores. La madera
despide un aroma que suscita paz y el sol vespertino adumbra las campanadas de
la misa de cinco. Se detienen y descansan, ella se recarga en él, el hombre la
abrasa y aprieta su mano, el árbol anciano los cubre con su sombra triste, y
por un instante él se encuentra de nuevo lejos de la fatalidad que augura el
futuro, pues ha detenido su marcha suicida para abandonarse a la silenciosa
tranquilidad del Carmen. Justo cuando la muerte se ha dejado en el umbral de
otro camino y aparece en rededor la vida por doquier, brotando del suelo y de
los matices del aire, la dama a su consorte besa lenta y profundamente,
mientras lo rodea con sus brazos gráciles y colorados, y de sus divinas he
iluminadas manos, deslumbra el brillo de los últimos rayos reflejándose en la
hoja del afilado cuchillo, que entierra encarnizadamente en el encorvado dorso
de su amado, sin pena en su virginal sonrisa, con el carmesí tiñendo el
maravilloso ocaso. Y la muerte es muerte, absoluta y definitiva, porque jamás
se enamoró.
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